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Madame Maigret sentirà gelosia per una simple maionesa

     Y, mientras el sol se pone majestuosamente, Maigret vuelve a recorrer el camino que recorrió tantas veces aquellos últimos días. Contempla con satisfacción las casas de juguete de Jeanneville que pronto dejarán de formar parte de su horizonte familiar y pasarán a ser sólo un recuerdo.      Un delicioso olor sube de la tierra, la hierba brilla, los grillos empiezan a cantar y no hay nada tan candoroso ni tan tranquilizador como las hortalizas en los bien labrados bancales de las huertas donde apacibles rentistas con sombrero de paja, manejan sus regaderas.      —¡Soy yo! —anuncia Maigret al penetrar en el corredor del  « Cap-Horn »  invadido por el olor de la morcilla asada.      Y   manteniendo el bogavante a su espalda dice:      —Oiga, Feliciana... Una pregunta importante...      La joven se pone a la defensiva.       —¿Sabe usted hacer, por lo menos, una mayonesa?      Sonrisa altiva.      —Pues bien, va usted a hacer una, inmediatamente, y a cocer a este caballero...      Maig

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